sábado, 27 de febrero de 2010

Pepa.


La encontré envuelta en la única piel que había rozado la suya desde hacía casi cinco meses: sus sábanas de pirineo. Tapada hasta los ojos, me miraba casi sin fuerzas, mostrándome la misma pupila que durante años había lucido en su patio, rodeada de macetas y olor a suelo recién regado.

Pero ahora sus ojos no tenían luz.

Apenas le salía la voz del corazón, porque llevaba meses hablando sólo con el corazón; un corazón marchito.
"¿Es que te has pintado los labios? ¡No vayas a mancharme la cara!", escuchó. Apenas pronuncié uno de mis chistes para enfermos, esbozó una tímida sonrisa que iluminó el catre que la soportaba pacientemente; hasta el colchón pareció reírse.Y como si un imán de emociones le hubiera tirado del pecho, la anciana quiso agradecerme el esfuerzo con una moribunda carcajada. Tres segundos después: "Mis labios. Cuándo sería la ultima vez que me pinté los labios...", se quejó resignada casi sin aliento.

Y como si de aquello hiciera ya siete vidas, sus ojos desbordaron un mar salado que caló al colchón antes sonriente. Inmediatamente, su pelo blanco, atrapado entre la mejilla y la almohada, saboreaba el salitre de sus lágrimas. Esas que otras veces habían seguido al nacimiento de sus nietos, o el día en que se vistió de madrina, con su mantilla negra y sus labios rojos (esta vez, sí), o sus bodas de oro ("Alfonso, cómo me has dejado así, tan sola"), o el día en que su pequeña, la niña que ella nunca tuvo, hizo la primera comunión.

Ahora, los días pasaban a cámara lenta por esa ventana que otra veces soportaba los tiestos de geranios y narcisos. Le habla en bajito al limonero, cargado de limones podridos que nadie ha recogido desde que Alfonso se fue. Y el pozo, tapado a cal y canto desde que nacieron los niños, ha dejado de manar agua: ya no tendrá que llenar el barril ningún verano más.

Antes, se la habrá llevado la pena.

2 comentarios:

José Antonio Rodríguez Conde dijo...

...y al volver, otra mañana más, del desayuno, de nuevo a sus sábanas de pirineo acartonadas de olvido (su claustro particular), encontró la almohada sembrada de pétalos de rosa, radiantes: un perfume que le recordó a las noches de verbena. Y ella supo de quien se trataba: adivinó el sonido de aquellos pasos alejándose a través de las manchas de humedad de la pared...

Unknown dijo...

Gracias. Gracias por contar tanto con tan poco, usando las palabras y haciendolas llegar donde pocos saben.Me has hecho pasar un momento muy especial.
Gracias Inma.

Sebas.