sábado, 17 de abril de 2010
lunes, 12 de abril de 2010
Se fue.
...Por fin se fue el dolor y el brillo volvió a sus ojos, ahora en un lugar nuevo, sin arrugas ni ausencias nocturnas. Descansa en paz, Pepa. Te echaré de menos.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Menos mal.
Salvo para unos pocos privilegiados, el mundo suele ser un lugar hostil. Basta acordarse de Haití o Chile, pero también de Irak o Afganistán, de Israel y Palestina, o de ese territorio del horror en que se ha convertido Africa, y que solo recordamos cuando el número de muertos supera al de la semana pasada. Casos de pederastia (el crimen contra niños inocentes) en instituciones creadas para proteger a la infancia. Quién vigila a los pastores, quién va a pedirles cuentas. Muertes estúpidas, condenados que salen sin devolver el dinero, cadáveres que no aparecen, menores reincidentes, inmigrantes de quince años que vagan asustados y desprotegidos por las calles. El racismo encubierto, la arrogancia de los ignorantes. La crisis, el paro, los comedores sociales. Los jóvenes que vuelven a las aulas porque es duro lo que late fuera. La enfermedad silenciosa que golpea familias, el diagnóstico que te cambia la vida, los mil y un problemas cotidianos. Menos mal que ha dejado de diluviar y de nevar, y ya no vienen más tormentas perfectas, al menos por ahora. Menos mal que abres la ventana y empiezan a verse los brotes verdes en los árboles y los días se alargan. Lo mismo debe de estar ocurriendo en los países de nuestro hemisferio, día más, día menos. El sueño comienza a pesar en los párpados, la nariz pica, el cuerpo renace no sabe muy bien a qué, pero renace. Es verdad que el mundo da miedo, pero también que aún quedan los acasos, la esperanza de inventarnos de nuevo, de creer que algo mejor es posible. Después de un invierno tan duro, no se pueden imaginar cómo me alegro de que haya llegado por fin la primavera.
PIlar Galán, El periódico Extremadura, 25/03/2010
sábado, 27 de febrero de 2010
Pepa.
La encontré envuelta en la única piel que había rozado la suya desde hacía casi cinco meses: sus sábanas de pirineo. Tapada hasta los ojos, me miraba casi sin fuerzas, mostrándome la misma pupila que durante años había lucido en su patio, rodeada de macetas y olor a suelo recién regado.
Pero ahora sus ojos no tenían luz.
Apenas le salía la voz del corazón, porque llevaba meses hablando sólo con el corazón; un corazón marchito.
"¿Es que te has pintado los labios? ¡No vayas a mancharme la cara!", escuchó. Apenas pronuncié uno de mis chistes para enfermos, esbozó una tímida sonrisa que iluminó el catre que la soportaba pacientemente; hasta el colchón pareció reírse.Y como si un imán de emociones le hubiera tirado del pecho, la anciana quiso agradecerme el esfuerzo con una moribunda carcajada. Tres segundos después: "Mis labios. Cuándo sería la ultima vez que me pinté los labios...", se quejó resignada casi sin aliento.
Y como si de aquello hiciera ya siete vidas, sus ojos desbordaron un mar salado que caló al colchón antes sonriente. Inmediatamente, su pelo blanco, atrapado entre la mejilla y la almohada, saboreaba el salitre de sus lágrimas. Esas que otras veces habían seguido al nacimiento de sus nietos, o el día en que se vistió de madrina, con su mantilla negra y sus labios rojos (esta vez, sí), o sus bodas de oro ("Alfonso, cómo me has dejado así, tan sola"), o el día en que su pequeña, la niña que ella nunca tuvo, hizo la primera comunión.
Ahora, los días pasaban a cámara lenta por esa ventana que otra veces soportaba los tiestos de geranios y narcisos. Le habla en bajito al limonero, cargado de limones podridos que nadie ha recogido desde que Alfonso se fue. Y el pozo, tapado a cal y canto desde que nacieron los niños, ha dejado de manar agua: ya no tendrá que llenar el barril ningún verano más.
Antes, se la habrá llevado la pena.
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