lunes, 2 de noviembre de 2009

El día de todos los ramos (menos uno)



Rojas. Amarillas. Blancas. Hasta azules las he visto...
Los colores de la culpa y el qué dirán son los que predominan. El camposanto se viste de guapo. Cortan el césped del jardín, barren la puerta de sus casas, blanquean las fachadas, compran las flores más caras (mejores que las del vecino, siempre).

Hoy no hay crisis.

Estrenamos el vestido largo (pese al sol radiante de este 1 de noviembre) para ir a lanzar dardos contra la familia del panteón de la esquina: Fíjate, la abuela no ha venido. No tienen trato con ella. El mechero en la mano para encender la luz del perdón por la ausencia de los 364 días restantes.
En el rincón de la sala de autopsias, una familia de veinte miembros grita con desgarro la pérdida de un niño gitano; murió hace un mes en una reyerta callejera en el barrio alto. Más abajo, el clan rival viste de oro y granate a sus difuntos. No saben que esta misma noche otro de los suyos va a caer en el callejón del cementerio, así reza en el Talión.

En la puerta, el Hermanito, con su furgón amarillo vainilla, ya no vende gusanitos rojos. Se lo prohibió la Falange. El puesto de castañas asadas es el de cada año. Teresa, la castañera con los guantes raídos no ha comprado flores para su esposo. Antes tiene que vender todo el saco que lleva en el carro. La próxima semana, cuando las flores de todas las tumbas estén marchitas y las de plástico ocupen el jarrón hasta el año que viene, Manuel, su querido Manuel, será el único que tenga un ramo de rosas frescas, y en cada gota de rocío irá prendida una lágrima suya, una por cada noche que llora su ausencia en la cama.

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