jueves, 20 de noviembre de 2008

Amanece.









Se despertó temprano, aunque apenas había podido robarle al insomnio unos pocos minutos en toda la noche. Se había ido agotando entre el sudor y el frío hasta que, ya sin fuerzas, sus ojos casi inertes se cerraron.
Todavía no había salido el Sol y la Luna llena, que se negaba a abandonar la plenitud de las alturas, mantenía su fuerza iluminaria en el infinito.

Aquella noche había sido larga, muy larga, para Luisa. Los dolores de las contracciones no habían cesado desde que estiró sus piernas hacia el sur de la habitación, vacía esta vez de aquellos besos de entonces, inundada sólo por el doloroso eco de sus gemidos en cada latigazo...Ya no sabía si las lágrimas las traía el dolor del preparto o el de la soledad.

Su hijo estaba ya oliendo el mundo, atisbando por primera vez la claridad de la vida que le esperaba, la albura que ya le cegaba sin haber abierto aún los ojitos. Por momentos, hubiera querido empujarlo hacia dentro, donde nada pudiera hacerle daño; mantenerlo ahí para siempre, escuchando sólo las palabras de amor que ella le enviaba a través del cordón umbilical, esas que no podía decirle a su padre desde que se lo tragó la mina. Lo hacía cada noche antes de dormir, mientras le acariciaba el alma y le contaba la misma historia terminable.

Pero las ansias de protegerlo fueron vanas, no pudo luchar contra la muerte ni ahora podía hacerlo contra la vida... Ya era demasiado tarde.

El sol no salía, no asomaba la ansiada luz... Su hijo iba a nacer entre negrura, la misma que se llevó a su padre entre el carbón y el hollín. Había llegado la hora. Aquella mujer, exhausta ya de dolor, dio a sombra. Y a su hijo lo llamó (O)Paco.

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